Colaboraciones

Francisco Muñoz de Escalona

Las tribulaciones de un turista empaquetado

Francisco Muñoz de Escalona (*)

Pues, sí, como ya dije en su momento, decidí pasar eso que los marisabidillos turisperitos llaman unas merecidas vacaciones. Por primera vez en mi ya larga vida opté por comprar un turist package, quiero decir una cesta con tres de los que los citados expertos llaman productos turísticos: desplazamiento en avión al así llamado por ellos “destino turístico”, transporte desde el aeropuerto del destino al hotel y viceversa (servicio denominado en la jerga con el bonito mote de transfer) y alojamiento en un hotel en régimen de media pensión (desayuno y cena)
Empecé por tratar de consumir el primer producto de la cesta y para ello me presenté en el hoy archicitado aeropuerto de Barajas con las reglamentarias horas de antelación a la salida estipulada del vuelo, un tiempo que se fue multiplicando progresivamente hasta llegar a los seis enteros debido a problemas técnicos en la aeronave. Vamos que estuve abandonado a mi suerte durante doce largas y tediosas horas, una situación a la que contribuyeron al unísono tanto la compañía aérea, Tunisaire, como AENA y las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado español, estas dos últimas a partir de que hicieran su tardío acto de presencia cuando el hervor de los pasajeros ninguneados aumentaba amenazando alcanzar niveles de amotinamiento para limitarse a esconder la cabeza de chorlito en el sobaco poniendo cara de pócker al variopinto griterío del cabreado pasaje.

vendedores de alfombras en Tunez

Maltrecho pero dentro de todo resignado llegué al micro destino elegido, un hotel de marca española, en el meso destino seleccionado, Hammamet, perteneciente al macro destino República de Túnez, el cual se ubica como se sabe en el híper macro idem Norte del África mediterránea, caracterizado por ser lo más occidentalizado que existe de la medieval cultura mahometana. En el hall del hotel esperaba impávido el representante local del touroperador preparado para vender excursiones al macro destino y, sin mostrar compasión ni piedad, desplegó todo su abanico de ofertas al tiempo que daba instrucciones y datos sobre la estancia en el país. Me decidí por reservar dos excursiones, una a Kairuan y otra a Cartago, cuyo importe pagué en oros, que es como los tunecinos llaman al euro, al cambio de 1,7 dinares por oro, y a continuación me dispuse a recuperar parte de la energía perdida durante el agotador viaje de ida.

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Fue al día siguiente cuando esperaba disfrutar de mis ahora más indiscutibles que nunca merecidas vacaciones. Para ello acepté la oferta de ir en el microbús fletado gratuitamente por el hotel a cuyo conductor  cada pasajero tenía que dar la voluntad. ¿A dónde creen que nos llevó? Pues, sí, han acertado, a la medina, ese viejo barrio musulmán repleto de atosigantes vendedores de baratijas que acosan a los turistas como moscas cojoneras. En los tenderetes había mujeres muy jóvenes cubiertas con el velo islámico y haciendo alfombras de nudo silenciosamente y sin osar levantar la vista del telar. En las estrechas callejuelas sólo había hombres, también muy jóvenes, ociosos, aburridos, siempre con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, dispuestos a llevarte a visitar nuevas tiendas de alfombras “sólo para mirar, no comprar”. Fuera de la medina esperaban destartalados camioncitos llenos de más alfombras, tantas que bien podían bastar para tapizar con ellas toda la ciudad. Lo que no llegué a saber es si todas ellas terminan siendo vendidas a los turistas pero es de esperar que sí, sobre todo en temporada alta. Su venta está bien organizada. Cobran con tarjeta y el precio incluye el envío al país de residencia del comprador. Lo más fragoso es asumir el imprescindible regateo, deliberadamente mareante, hasta conseguir que el comprador pague el precio que el vendedor considera conveniente siempre que aguante como víctima propiciatoria y no se marche antes.

Escalona vestido con el traje tipico

Túnez es un país pequeño, algo más del doble que Portugal, poblado por unos diez millones de habitantes cuya mayor parte se concentra en la costa noreste. Como país mediterráneo el clima es seco pero la tierra no parece mala. Abundan las llanuras y las plantaciones de olivos y viñedos así como las urbanizaciones turísticas, muy similares a las de la Costa del Sol pero en general aun más horteras, lo cual es mucho decir. El modelo que se aplica de lo que se conoce como desarrollo turístico es aparatosamente agresor del medio ambiente, incluso mucho más que el que se implantó en España durante el franquismo, alevosa y descaradamente mantenido durante la democracia. La costa aún no está saturada pero lo estará en algunas décadas. La superficie cultivada está en franca retirada ante el empuje de la especulación y los promotores inmobiliarios. Los campos están altamente contaminados de residuos plásticos y todo hace pensar que lo estarán más cada día que pase. La parte más habitada de Túnez es hoy ya un basurero y será, si no lo remedian, una sentina de escombros. No comprendo cómo hay tantos turistas alemanes sabiendo que tanto ellos como sus touroperadores son tan exigentes en materia medioambiental. Tal vez sean los que están dispuestos a apechar con todos los inconvenientes mientras los bajos precios de los servicios les compensen tanta desidia.

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Para que no me faltara nada que experimentar como turista empaquetado agarré una gastroenteritis, la maladie de touriste, al volver de la excursión a Kairuan, ciudad considerada la cuarta ciudad santa del Islam, después de La Meca, Medina y Jerusalén. Pasé una noche calamocana, no se me ocurre otro calificativo más expresivo; llamé a un galeno y me ordenó ingresar de inmediato en una clínica para que me administraran suero por vía intravenosa durante lo que yo entendí que serían cuatro horas pero terminaron siendo cuarenta. Me sentí prisionero de tan empaquetado y si lo resistí fue porque no supe con antelación que sería tanto tiempo. Me fueron dando la dura información en dosis sabiamente calculadas. Pero, como dijo el Innombrable, no hay mal que por bien no venga. La estancia en la clínica me permitió conocer de cerca a las mujeres musulmanas porque éstas, como la Eva mitocondrial, se dedican al negocio mientras los hombres se entregan al ocio. Jóvenes y bellas canéforas musulmanas me ofrecieron grácilmente el acanto de sus cuidados ayudándome a soportar tan inesperado encarcelamiento. Ay, cuanto os recordaré mis queridas Myriam y Orfa, tan menudas como asibles, con esa piel de canela y esos dulces y acariciadores ojos.

La reclusión también me permitió conocer de primera mano, otra ventaja, que los servicios clínicos deberían figurar entre los que los turisperitos llaman servicios turísticos si es cierto, como sostienen sin pestañear, que éstos son aquellos que sirven a los turistas y que, como todos los posibles pueden servirlos, todos son, obviamente, turísticos y que, por ende, ninguno lo es por su propia naturaleza. Algo que se desprende del libro de la vida, no de los ingentes volúmenes que ellos escriben sin ton ni son.


La indisposición me impidió conocer Cartago. El moro que me vendió la excursión, un minipaquete turístico en el fondo ya que contiene una serie de servicios: traslados en bus, comida en ruta, entrada a monumentos, visitas a tiendas de artesanía y guía acompañante, no puso obstáculos para devolverme el importe, pero lo hizo aplicando un cambio diferente al del primer día e igualmente favorable a él, una argucia que le permitió aumentar sus márgenes comerciales de modo un poco rateril.

Después de salir del inesperado rapto clínico la vuelta al hotel me supo tan dulce como si de una vuelta a casa se tratara, ese lugar al que, como dice Novalis, siempre vamos.
Desde luego

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(*) Francisco Muñoz de Escalona es sevillano, doctor en Economía por la Universidad Complutense de Madrid y jubilado como investigador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Ha trabajado como consultor internacional en España y en diferentes países iberoamericanos. Durante años se ha dedicado al estudio de varios sectores de la economía española, debiendo destacar la agricultura y el turismo. Actualmente, aunque retirado como investigador del CSIC, sigue viajando a diferentes países para participar en congresos e impartir cursos de su especialidad en turismo.

Francisco Muñoz de Escalona
Científico Titular del CSIC
escalafuen@gmail.com

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