Colaboraciones

Luis Arias

Salas, barrio de La Campa (1)

Luis Arias Argüelles-Meres (*)

 

La Puebla que no llegó a ser Pola

Los estudiosos hablan de un documento de 1277 en el que se menciona explícitamente de la «Puebla» de Salas. Muchas veces me he preguntado por qué no se asentó desde entonces la denominación de la Pola de Salas. ¿Se tratará acaso de un designio que no llegó a cumplirse? ¿Alguna influencia pudo tener en ese destino no alcanzado el hecho de que este concejo cuenta con villas como Cornellana y La Espina, que, sobre todo la primera, cumplen esa función? Cierto es que la capital salmonera tuvo en su momento jurisdicción propia. Lavio, también.

Pueblas castellanas, Polas y villas astures, que tuvieron que inventarse en su día como algo más que un lugar de encuentro. Plazas de las villas en donde se comerciaba con animales y con productos, propiedad y cosecha de sus respectivos portadores. La capital del municipio era la embajada del mundo para las gentes del contorno. La miniatura de la metrópoli donde se despachaban los grandes asuntos humanos y divinos. La villa hecha a la medida del hombre en un momento de la historia en que viajar a la capital de la provincia o del país resultaba por lo común un empeño largo, duro, difícil y, en determinadas circunstancias, nunca mejor dicho, inviable.

Siempre se bajaba a la Pola, a la villa, aunque fuese río arriba en algunos casos muy contados, puesto que las aldeas se consideraban más altas, es decir, menos accesibles. Como si fuese más dura la vuelta que la ida. Como si la excursión a la metrópoli en miniatura resultase obligatoriamente una especie de recreo. En las Polas, en las villas, se habilitaba para las gentes de las aldeas el derecho a existir. No olvidemos, sin embargo, que esto también tenía su envés, es decir, ese derecho a existir implicaba que podían ser reclamados por la instancia de poder que fuese. Y tal cosa no fue en todo momento muy reconfortante.

Villa de Salas. Plaza de la Campa. Parada, fonda y mercado. Destino común de las aldeas y, también, punto de partida para todos aquellos que a lo largo del tiempo viajaron más allá de los confines de su municipio, en muchas ocasiones, para siempre. Vamos a ocuparnos ahora de la plaza de la Campa que figura en la fotografía.

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Plaza de la Campa

Éste es el enclave de la villa salense más reproducido desde el grabado de Parcerisa hacia 1850, hasta la imagen que glosamos de principios del XX.

Según Matías Sangrador, el concejo salense tenía a finales del XIX 6.433 vecinos 1, más que Grao (6196), más que Cangas de Tineo (5.737) y más que Luarca (4.873) 2. Según los datos de Sadei, el concejo de Salas contaba en 1900 con 17296 habitantes, cifra que descendió en 1930 a 14.936.Y, de ahí, hasta 2007 que se sitúa en 6.082 el número de personas empadronadas. La deriva desde los años 80 señala una despoblación alarmante.

Bien avanzada la segunda mitad del XIX es cuando el concejo entraría en una fase de progreso. Alberto Fernández Suárez en su libro «El conjunto histórico de la villa de Salas» afirma: «Todos los autores que escriben sobre Salas, a partir de 1862 y hasta 1900, coinciden en señalar el progreso que se produjo en esa época y lo relacionan, acertadamente, con la mejora habida en las comunicaciones»3

Entonces como ahora, las comunicaciones son básicas para la vida del municipio. Será a partir de 1862 cuando Salas exporte muchos productos que hasta entonces había venido importando para cubrir la demanda de sus habitantes.

Esa mejora en las comunicaciones facilitó entre otras cosas que se habilitaran en la villa importantes lugares de mercado en las plazas que la jalonan, una de ellas la de la fotografía que el lector puede observar en esta página. Había además una plaza de las gallinas o de los huevos, otra de los gochos y otra de las mulas. Tantas plazas como mercados. También es el estudioso antes citado quien señala que el Conde de Toreno fue uno de los principales impulsores en el crecimiento de la ganadería del concejo salense.

Plaza de La Campa. Hablamos no sólo de un lugar de paso, sino también de encuentro. Donde la villa se ensancha. Una capital de concejo, la de Salas en este caso, no podía conformarse con ser un largo pasillo, por mucho que condujese, como en el caso que nos ocupa, al lugar de peregrinación más visitado de Europa. Hablamos, claro está, de Santiago y su camino. Se precisaba una especie de explanada donde tuvieran cabida y acomodo las más importantes reuniones que se pueden celebrar en un enclave agrícola. Hablamos de los mercados que tenían que ubicarse allí donde las capitales de concejo se hacían más anchas y acogedoras.

La Campa de Salas

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Como dato a consignar, tengamos en cuenta que cuando este mercado empieza a funcionar, en la 2.ª mitad del XIX, el precio de una vaca, con el cambio de reales a pesetas, se aproximaba a unas 150 pesetas, según he podido constatar en inventarios de bienes de algunos testadores de entonces. Una mula costaba unas sesenta pesetas, algo menos de la mitad que una vaca.

Atrás se queda el castillo de Valdés Salas, más atrás aún la colegiata. Un espacio para la iglesia, siempre de privilegio, aunque nunca tanto en Asturias como en Castilla. Otro espacio para la casa más poderosa de la villa. Pero también Salas tenía habilitado su escenario para el mercado ganadero. La calle ancha, la panera que antecede a las casas que exhiben su poder. Altas, grandes y soleadas.

El hórreo, la panera, esa construcción tan nuestra que fue maravillosamente definida por Ortega: «Menudo templo, tosco, arcaico, de una religión muy vieja, donde lo fuera todo el Dios que asegura las cosechas». 4

El hórreo no sólo guarda en su parte superior lo que pueda quedar de la cosecha, sino que además bajo él tienen su acomodo instrumentales imprescindibles en el campo: el tamaño de la rueda da idea de la envergadura del carro.

Tras el poderío arquitectónico del castillo, viene el potencial nada desdeñable de las edificaciones que podemos contemplar. Aquí no hay casuchas, sino casas soberbias.

A medida que la mirada avanza, buscando el último horizonte visible, se percibe fácilmente cómo la calzada se va estrechando. Hay, por tanto, un desahogo espacial, un ensanchamiento entre la torre y el hórreo. Aquí el mundo, a medida que se aleja, no es ancho y ajeno, como noveló Ciro Alegría sino que, muy al contrario, se hace estrecho y, digámoslo al asturiano modo, más atopadizo.

Alberto Fernández Suárez pone de relieve: «El mercado semanal se celebraba los martes, distribuyéndose por la villa una serie de mercados especializados, lo que refleja un grado de evolución que no se dio en todos los concejos asturianos. Cada plaza de la villa acogía un mercado diferente: el del grano se celebraba en la plaza de la Cebera (actuales de la Iglesia y del Ayuntamiento); el de ganado, en La Campa, o plaza del ganado (al menos desde 1855)».5

En efecto, en el conocido grabado que antes mencionamos, no existían las altas casas que observamos en esta fotografía, aunque sí plasma el mercado ganadero.

Quien decida acercarse a esta plaza o barrio, cuyo nombre es el más tradicional, que, en su momento volvió a recuperarse, no encontrará la panera que tanto destaca en la antigua fotografía. Pero sí tendrá ocasión de ver alguna de las casas que se muestran en la imagen que venimos glosando.

Actualmente, gran parte de los puestos de ésos que circulan por muchos mercadillos se instalan cada martes en esta plaza. Sigue siendo mercado, aunque no de ganado.

Se trata de una más que interesante cita con la historia de la principal población de un concejo en el que la agricultura y la ganadería fueron las principales formas de vida.

Salas, plaza de La Campa. Por encima del Nonaya. Un desahogo entre montañas que están lo suficiente próximas para ser contempladas y lo suficientemente distanciadas para no sentirnos asfixiados por ellas. 

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1 Téngase en cuenta que, para calcular el cómputo total de habitantes, Sangrador recomienda multiplicar el número de vecinos por 2,5.

2 Víctor Sangrador. Historia de la Administración de Justicia y del Antiguo Gobierno del Principado. Biblioteca histórica asturiana. Silverio Cañada editor. Gijón, 1989. Página 275.

3 Alberto Fernández Suárez. El Conjunto histórico de la villa de Salas. Libro editado por el Ayuntamiento de Salas en el año 2007. Página 46.

4 José Ortega y Gasset. Notas. Colección Universal de Espasa- Calpe. Madrid, 1928. Páginas 48 y 49.

5 Alberto Fernández Suárez. El Conjunto histórico de la villa de Salas. Libro editado por el Ayuntamiento de Salas en el año 2007. Página 45.

(1) Este trabajo de Luis Arias Argüelles-Meres salió publicado en el diario La Nueva España el día 3 de Agosto de 2008, en la sección siglo XXI

(*) Luis Arias Argüelles-Meres nace en Lanio (Salas) el 16 de febrero de 1957. Es profesor de Lengua y Literatura en el Instituto “César Rodríguez” de Grado (Asturias). En 1988 obtuvo el premio Fernando Vela de Periodismo. En 1992, recibió una mención especial de la Sociedad Cervantina, por un ensayo sobre la presencia del Quijote en las generaciones del 98 y del 14. Es autor de los ensayos, Azaña o el sueño de la razón Nerea, Madrid, 1990) y La España descabezada (Alba, Barcelona, 1999) Las novelas, Días de diarios (Trabe, Oviedo, 1998) y Último Tren a Cuba (Premura, Barcelona, 2000) Esta novela fue finalista del Premio Café Gijón en su edición de 1998. Es autor del libro, a caballo entre el texto periodístico y el ensayo, Tiempo de Castañas. (Septem Ediciones, 2001)La mayor parte de los textos del citado volumen fueron publicados en el diario La Nueva España, del que es columnista habitual, desde 1994. Otros artículos vieron la luz en El País, Diario 16, así como en la revista literaria Ínsula. En 2002 publica el ensayo Literario, La Asturias que emigró a América (Septem ediciones) donde analiza la presencia y el tratamiento que se hace del indiano en las grandes novelas asturianas de Clarín, Palacio Valdés y Pérez de Ayala. Para finalizar, con una cala en los personajes de Xuan Bello, de su universo en Paniceiros, donde también desfilan personajes indianos, que reciben un tratamiento muy distinto al que les dispensaron nuestros novelistas clásicos. En ese mismo año, obtiene el Premio a la Libertad de Expresión que concede anualmente el periódico “La Voz del Occidente”. En esa misma convocatoria compartió el galardón con Eduardo Haro. Para Arias, fue la distinción en los medios asturianos, y para el prestigioso y veterano columnista, en el ámbito nacional. En 2004 recibe el Premio a la Lealtad Republicana concedido por la Asociación Manuel Azaña en consideración a su defensa constante y a contracorriente del republicanismo. Es autor también del capítulo dedicado a Augusto Barcia Trelles, dentro del libro Ateneístas Ilustres editado por el Ateneo de Madrid (Biografía obtenida de la web del Ateneo Jovellanos)

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